EL HOMBRE DE LA IMAGEN


A esos tres.

Intratable, insufrible, un sujeto de no sabes dónde ni por qué, para qué, se recrimina la existencia dentro de su apartamento de luces blancas. En un intento para huir de su intensa vulgaridad, revisa su celular, afuera del mundo, lejos de donde habita este pelafustán, suena entre meteoritos una de las gruesas de The Jimi Hendrix Experience. El tipejo, recibe un mensaje.

Pax me escribe, películas s8, vas? Ni modo de no ir. Es miércoles, algún miércoles en la Ciudad. Monterrey y Circuito. La Roma. Ya vas. No imagino el lugar, no me interesa saber qué es, me pongo mi camisa más jagüaiana, le subo a la de Caemos o volamos  en su parte más tropical, unos pasos increíbles de baile, me despeino frente al espejo, me miro tosco, me mando un beso, acaba la canción y me largo.

Desesperada la impaciencia me llevó a las calles. Estúpido, contradiciéndome alucinando, aún, algunas lunas locas, y ahí está, en su fase más llena, el satélite, mi amor a primera vista, el retrato de la melancolía, de la maldita tristeza.

El metro y la noche me llevaron a unas calles bañadas en el perfume de jacaranda, moradita la Ciudad, húmeda, para caminar sobre el asfalto y sus charcos que revelan otras dimensiones, otros malditos mundos en donde perderse, o mojarse si se es medio distraído. La imagen me llama, la imagen de mi ser en los charcos, mis dimensiones perdidas, extraviadas, y la luna tan arriba, tan tonto de ella y de mí, me atrapa la imagen, sudo, respiro algo más que calmo, la imagen me susurra cerca del oído, un auto pasa en chinga sobre avenida Monterrey retumbando un corrido belicoso que putea los bajos de la nave negra, me distraigo, hambriento, busco unos tacos al pastor.

Eructo algo de hastío, me trago una menta para no llegar tan atufado. Esquina con Circuito, una nena loquísima camina por la avenida, acelera el paso hasta correr, no tiene prisa, está emocionada, la luna, más boba aún, observa ese correr alucinando el amor, la nena loquísima llega a la puerta de unos deptos, timbra, alguien le contesta por el interfón, ya voy, una sonrisa en su rostro… Toco el timbre, ¿quién?, yoni, va… Ruidos en el interfono, ruidos, empujo la puerta. 

Me sacudo algo de estupidez, parpadeo más de lo habitual. Toco la puerta, me abre Baldíos, abrazo fraterno, saludo al camarada Beiq, y Pacs, aplastado en su infamia, me tira una sonrisa que merece un apretón de manos. En sus vasos la vida sucede oscura y pesada, densa, arriesgada. Se trata de películas, me advierte Beic, yo feliz, atrás de las ventanas un hotel pinta la noche de verde; estos canallas andan escuchando al Nirvana, cero tos, una chela, preparar el proyector, engarzar la película, probar, establecer un diálogo con la máquina, una charla que el Baldíos procura, observando, moviendo pequeños engarces, bobinas, manipulando el filme, esos secretos de luz sacados del hallazgo, de lo fortuito. Cerveza. Papel. Ganya Fuego… ¿Qué problema tienes con la hierba del rey?

Destilamos el oscuro secreto de la galaxia, bailamos más de un rocanrolito, guitarritas provocando  al meneo, al sandungueo, el cine nos esperaba y habríamos de realizar el ritual completo, la música siguió, Yo no le temo a los rayos… medio que quería llover, medio que no. El proyector, con un movimiento mágico de Dr. V., comenzó a sonar, traca traca traca traca traca traca, la emoción, algo de luz en la pared, el proyector de 16mm sobre la gran mesa negra, la imagen en movimiento en ese muro de la colonia Roma, los autos afuera con sus lucesotas, los motores de las motomamis, el maldito ruido de una Ciudad que no se va a detener, los gritos de las personas, las máquinas en su re contra necio cuchicheo, el proyector en el departamento, sonando, ¡apaguen la luz!, ¡quiten la música! Sucede. En tonos inenarrablemente rojos, naranjados, pálidos, fascinantes, de otro tiempo, dos mujeres se masturban entre sí y cogen, se besan en una cama, muebles de madera, sexo, sexo de labios a vagina, de clítoris a vagina, sexo y cuerpos, cuerpos delirándose en el cine, cuerpos en la pared, los cuadros de la imagen entorpecieron, de reversa, después siguieron su curso, se alteraron, se quemaron unos cuadros, otros, otros, regresó la imagen, brilló brilló, Pacs, enervado de tanta luz corrió hasta estrellarse con la pared, su cuerpo cubría los últimos frames del carrete, la luz fue más intensa, deslumbrante, obscena, cegadora.

Traca traca traca traca traca, la luz del proyector nos mostraba aún el cuadro en donde antes estuvieron las mujeres, ahora, varios cuadros rayados, números y a un costado inferior derecho del frame la palabra fin en cursiva. Pacs, no estaba en la sala. El proyector se apagó. Oscuridad.

No le advirtieron. No les avisaron. Ni siquiera lo imaginaron. Entre meteoritos, lejos de ese departamento en la Roma, mucho más allá de la Ciudad, seguía en un solo infatigable de guitarra, The Jimi Hendrix Experience.

DRN… viajado, peliculero…

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