
El Juicio
Tres de la tarde para un viernes decidido a darnos su calor. Tres de la tarde que avanzaban en los relojes mientras Jesús, que en realidad se llama David y entrenó durante seis meses, está siendo crucificado en el Cerro de la Estrella, muchas, miles de personas están ahí, bajo la intensa y dominante mirada del astro supremo. No pude llegar hasta el Cerro. Me perdí entre las callejuelas de Iztapalapa, quería, al menos, saber qué se vivía por ahí, en Iztapalapa, en donde desde hace ciento ochenta años una tradición católica les une en comunidad y conmueve la economía, las costumbres, de lxs habitantes de la Alcaldía Iztapalapa.
Llego a paso calmo, los murales que resaltan la vida mexicana, la historia, las leyendas, se presumen en las paredes de casas, negocios, bardas que muestran talentos fugaces, escondidos, otros más aclimatados al grafiti permitido. El sol intenso pareciera disfrutar tremenda congregación de personas. Lxs policías se mantienen en sus lugares, delante y detrás de las vallas, soportando el calor, la bulla, el hacerse cuerpo policiaco. Las avenidas cerradas, la gente caminando, otras más esperando el final de la crucifixión; apenas una pequeña porción de lxs habitantxs de este territorio iztapalapense. Antes de llegar a la explanada Cuitláhuac el ruido constante del helicóptero anuncia el lugar en donde muchos miran sufrir a otros pocos, muy pocos, pero quizá, el sufrimiento está en todxs; al llegar a la plaza los profesionales recrean un escenario en lo que fueron algunas columnas romanas, el sonido de las hélices comienza a desaparecer y es un llanto que le suple, un llanto casi mantra que nos lleva a un momento de pequeña perdición mental mientras el sol merodea en las ventanas de la casas, María Magdalena y sus mujeres lloran, lloran, lloran, escuchamos su llanto desde las bocinas, miramos sus rostros en las pantallas, la muerte del hombre a manos del hombre se está representando, y se escucha el llanto en estas calles en donde viven algunas del millón novecientas mil personas que habitan la Cuna de la Mexicaneidad.
Los clarines

Primera Caída
Me encuentro con el primer Jesús, no se llama así, pero carga una cruz parecida a la del personaje de esta historia fatal, carga su cruz de varios kilos, algunos familiares le miran, le esperan mientras recupera el aliento caliente dejado en el cerro. Llego hasta donde puedo, los policías formados ya no dejan pasar, aprovecho para comprarme una tostada de maíz quebrado, un par de niñxs gritan ¡agua, agua, agua!, personas aprovechan para vender algo en estos días, comida, refrescos, bolis, gomiboing. Sin sospecharlo un niño sale entre la multitud, y lo vi, lo vi, vi algo, vi la entrega, el sufrimiento, el esfuerzo, el niño caminando, la mirada fija en la comida vendida en las bicicletas, las tostadas de maíz quebrado azul untadas con frijol, nopales, queso, sal, y el niño disfrazando su piel morena con una tela morada, cargando una cruz de madera, rogaba con la mirada algo, algo de alimento, dos hombres detrás de él confiaban en su fortaleza, él también, bajó la mirada y caminó, caminó sobre avenida Ermita en una de sus partes más desgraciadas, otro Jesús.

Segunda caída
Y los Jesuses aparecían, bajaban del cerro en donde mucho antes de que el Señor de la Cuevita habitara esas tierras se celebraban rituales teotihuacanos. Hombres, sobre todo hombres cargando una cruz de madera, de distintos kilogramos, hombres con vestimenta ligera, sudando, de rostro firme, con la convicción de lograrlo, los tenis gastados, los huaraches, los pies descalzos, la sangre, el sudor, el encontrar una razón en el viernes para existir y cumplir, los nazarenos. No les quise preguntar sus motivos por pena, porque merecen no decirlo y seguir en su condena, en su manda bajo el supremo. Perdido seguí el rumbo de las pesadas cruces, entré de nuevo al centro de Iztapalapa, la mucha gente en las calles, la feria animando peligrosamente las salvajes ganas de marearse, luces, un poco de reguetón, lxs familiares esperando, tomando fotos de aquellxs que ríen y están al borde del vómito en un juego mecánico que huele a hierro y sostiene sus pesadas estructuras sobre trozos gruesos de madera.

Tercera caída
Mi rumbo incoherente me lleva a la Catedral de Iztapalapa, la gente anda cansada, con vasos grandes escarchados, botellas de agua, algunas flores, andan hasta llegar a la entrada del Santuario en donde hay una fila para acercarse a la urna en donde se guarda al santo, el imán de esta celebración; arriba, en las paredes, los frescos cuentan el vía crucis, la luz del supremo ilumina los vitrales, la iglesia es una fiesta de colores, las personas se acercan y dejan su mano en el vidrio al mismo tiempo que piensan, piensan y el silencio de los pensamientos me hipnotiza, tanto, que la veo una vez más, se atraviesa ante mí y desaparece, entre los rezos, entre mi maldita necedad, se aparece y me confieso inútil ante la vida, inmóvil ante las culpas que estxs individuxs vienen a dejar en estas paredes, me renuncio fatal, me anuncio miserable de mi vida, de mis actos, me deposito en mí todo la responsabilidad del sufrimiento. Choco con un hombre y me odia, con la mirada, con la palabra, me odia y sonrío, el hombre me odia, sigo mi camino.
Salgo de la catedral, hambriento, peregrinxs en caravana feliz y calurosa tambalean entre las calles de los barrios y colonias. La miro otra vez y desaparece en la multitud, quizá no era, quizá no. Sólo queda la diversión, los juegos, atinarle a los globos, llevarse una alcancía de colores fluorescentes, comer brochetas asadas de res, de camarones, dorilocos, tacos de guisado, quesadillas, hamburguesas dos por sesenta, comprar alguna artesanía, pan de pueblo, le dicen, queda divertirse, pasarla bien y recordar al nazareno.
Crucifixión
El supremo mientras tanto, observa una vez más ese ciclo que se cumple, ese sacrificio re interpretado; un quinto sol nos observa humilde y suena en alguna bocina olvídate de todo, menos de mí, el viernes Santo y su tragedia litúrgica sucedió al auspicio de una galaxia en busca de fiesta y borrachera. De la carne y sus malditas e insanas mañas trato de olvidarme, pero no lo logro, de una estocada casi mortal de la mente, antes de ver caer la vida en sus tonos más anaranjados, intoxicado de culpa, caigo arrodillado en la plaza, me desvanezco para quedar en una de las poses más insólitas. El viento, perezoso, pasa cantando su canción.
DRN… latoso, chorero, pero qué mal te juzgué…
Fotos: DRN





























