especiales de horror | LA NIÑA DE LOS DULCES

No eran labios, tenía dos obleas de color morado en el orificio de su boca, además, emitía ruidos extraños, respiraciones de un cachorro, los pulmones aclimatándose al espanto de la vida, a la balada de jazz furioso entonada por el sobresaltado, frenético y enervado universo. La niña camina, en la caja de dulces que carga con la mano derecha aún le quedan mazapanes de la rosa, chicles adams, chocolates wafertin y dos barras de amaranto. En la Ciudad las nubes dejaron su desencanto, su melancolía y mojaron las insatisfacciones de los habitantes. La niña de los dulces tiene el cabello mojado, cola de caballo, pantalones azules, blusa a rayas, diadema amarilla, zapatos negros. Caminaba sobre Allende, los árboles, ya en las noches, y más en las lluviosas, creaban un ambiente truculento, una película de suspenso. La niña de los dulces anduvo, así, segura, pensado algo, quién sabe qué imágenes, recuerdos, aromas, la niña de los dulces caminaba sobre el asfalto mojado de Allende, figuras extrañas se reflejaban en los charcos, caminaba y se adentraba en la oscuridad. Un sonido dijo su nombre, ni voz humana, ni idioma comprensible, es más, dudo que dijera su nombre, la niña de los dulces, ya una sombra, ya en la oscuridad, escuchó ese sonido que le atraía. La caja de dulces cayó al pavimento. 

Malintzin, así, así como me lo describes, así se escucha Malintzin… No le creía, no le podría creer, ¿de qué se trataba, de un juego, de una secta?, no podía ser, no pudo ser Malintzin, no pudo ser su voz, no pudo ser la noche del encuentro, no pudo, no pudo ser.

Sobre una solitaria y húmeda calle Allende, sonaba la tonada impaciente de Benny Moré.

DRN… del pasado

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